lunes, 19 de marzo de 2012

una historia cualquiera (I)

Como en las cientos de veces anteriores, Michell se disponía a iniciar el día con su rutina matutina.
Entraba todos los días a la boulangerie por su expreso bien cargado, y por supuesto para verla.
Se había mudado a Quebec hacía mas de dos años para estudiar un Master, y a pesar de todas las experiencias vividas en la ciudad, no había nada que igualara la sensación que dejaban en él esos cinco minutos matutinos.

Ella debía entrar al local a las 7:00 a.m. aproximadamente.
Michell sabría cual era su estado de animo solo con escuchar la orden.
Había aprendido a conocerla sin haber entablado conversación alguna con ella.
Hoy se cumplía un año de haber entrado por primera vez a ese negocio,
y por supuesto, de haberla visto por primera vez.

No obstante, durante un año no se había atrevido a hablarle.
Al principio se excusaba diciéndose a si mismo que su francés no era suficientemente bueno, que aún no conocía la cultura canadiense y no quería arruinar la oportunidad.
Esto no lo sabia nadie.
Michell aparentaba ser el típico brasilero extrovertido, capaz de flirtear con cualquier mujer, un perfecto rompe corazones.

No obstante, la desconocida cliente de la boulangerie lo anulaba por completo.
El había aprendido a conformarse con verla pidiendo su café, y tomando el mismo autobús en la parada que se encontraba afuera del negocio.

Pero....
Ese día fue diferente.
Espero hasta las 7:30 a.m. y ella no llegó.

Y al día siguiente tampoco apareció.
Pasaron semanas.

Michell comenzaba a lamentarse por todas las cosas que pudo haber hecho.
Pero de nada valían los lamentos. Ella no iba a aparecer mágicamente.
Estaba desolado. Malhumorado. Preocupado. Decepcionado.
Lleno de impotencia.

Pero... las casualidades existen.
Donde menos esperaba, la vio.


Decisiones...

Este es un año de decisiones, así lo he decretado.
Decisiones importantes porque implican comenzar desde cero, una nueva vida.
He decidido mudarme de país.
Otro continente, otro idioma, lejos de familia y amigos.

No hay secretos ocultos detrás de mi partida,
no hay dramas sinfín que me obliguen a huir,
solo es una decisión progresista,
relacionada con ganas de vivir en una mejor sociedad.

Tengo miedo, lo admito.
Es una decisión secreta, pues solo le he confesado el misterio a una persona.
No obstante, no le temo a la soledad.
Se que tengo suficiente fortaleza para afrontar el reto,
no sin antes soltar muchas lagrimas en interminables despedidas.
Es el precio que tengo que asumir.

Decisiones difíciles las tenemos que tomar alguna vez en la vida,
y es que la vida misma es eso, decidir.
Decidir como vestirte, que desayunar, como actuar,
con quien estar...
Lo importante es que te guste tu decisión, porque vas a tener que vivir con ello.
Debes decidir si pasaras la vida entera soñando,
o si por el contrario saldrás a luchar por ello.
Si quieres encontrar respuestas, debes decidirte a buscarlas.

Si bien se intenta prever todas las consecuencias de las decisiones,
hay cosas que escapan de los límites de nuestro entendimiento
y por tanto terminan afectando a las personas que nos rodean.
En el camino perderemos o ganaremos amigos y enemigos,
y es necesario que aprendamos a aceptarlo.

Nuestras decisiones nos definen,
pues ellas son las que realmente evidencian que tan congruentes somos.
Decir y actuar se complementan, pero no siempre van de la mano,
así que debemos ser cuidadosos con decir y hacer las mismas cosas.

Decidí ser congruente.
Decidí dejar de querer tener una mejor vida e ir a buscarla.
Decidí afrontar mi miedo, y ponerme en marcha.
No es fácil, pero procuraré disfrutar el camino de mi partida.
No hay marcha atrás.